
Los desafíos que plantea el clima extremo afectan cada vez más al bienestar y la productividad de los animales en ganadería. El año 2023 marcó un récord al convertirse en el más cálido registrado en España, con una media de 1,3 °C por encima de la histórica, según la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET). El 2024 no se quedó atrás, alcanzando máximas superiores a los 44 °C en algunas zonas del país. Olas de calor, sequías prolongadas y elevada humedad afectan al confort de los animales y favorecen la aparición de enfermedades que ponen en riesgo la productividad y rentabilidad de las explotaciones ganaderas.
Los animales de producción son especialmente vulnerables a estos fenómenos extremos. Su limitada capacidad para regular la temperatura corporal provoca el conocido estrés térmico, cuyos graves efectos afectan tanto a la ingesta de alimento y al crecimiento, como a la fertilidad y al sistema inmunológico, volviéndolos más susceptible a infecciones.
A ello se añade que la combinación de calor y humedad elevada crea un entorno especialmente peligroso en las explotaciones ganaderas. Estas condiciones no solo agravan el estrés térmico en los animales, sino que también favorecen la proliferación y supervivencia de agentes infecciosos. En entornos cálidos y húmedos, virus, bacterias y otros microorganismos encuentran en aguas estancadas o en materia orgánica seca un ambiente ideal para multiplicarse.
Por si esto no fuera suficiente, el cambio climático contribuye a la expansión de enfermedades vectoriales al facilitar que insectos transmisores lleguen a nuevas áreas geográficas.
En este contexto, y conscientes de que las enfermedades animales provocan importantes pérdidas económicas en las explotaciones, la prevención se presenta como la estrategia clave para garantizar la resiliencia de la ganadería. Y aquí entra en juego, en primer lugar, el concepto de bioseguridad, definido por el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación como el ‘’conjunto de medidas tanto de infraestructura como de prácticas de manejo, puestas en marcha con el fin de evitar o reducir el riesgo de entrada de enfermedades infecto-contagiosas y parasitarias, y su posterior difusión dentro de una explotación o hacia otras explotaciones ganaderas’’.
Adaptar las instalaciones para garantizar una ventilación adecuada, invertir en sistemas de refrigeración en ganadería intensiva o habilitar sombras y aspersores en ganadería extensiva, son medidas esenciales para combatir el estrés térmico y reducir de manera notable la temperatura en el interior de las naves. A nivel nutricional, la suplementación adaptada y la distribución de alimento en las horas menos calurosas contribuyen a disminuir el impacto de las temperaturas extremas.
También es clave garantizar un sistema inmunológico sano y protegido, junto con la vacunación como herramientas fundamentales de prevención. Contar con un sistema inmunológico fuerte aumenta la capacidad de los animales para enfrentar con éxito tanto enfermedades tradicionales como aquellas favorecidas por el clima extremo.
En definitiva, la ganadería actual enfrenta desafíos sin precedentes, que requieren la colaboración entre ganaderos, profesionales veterinarios e industria. A través de la adaptación de instalaciones, unas estrictas medidas de bioseguridad y la implementación de medidas preventivas — incluida la vacunación —, será posible garantizar la sostenibilidad y la productividad del sector en un clima en constante cambio.