
Llega la primavera y, con ella, aumenta el riesgo de estrés térmico para los animales de producción. Desde esta estación, y a lo largo del caluroso verano, las altas temperaturas suponen un serio desafío para el manejo diario de las explotaciones, llegando a comprometer el bienestar animal y, en consecuencia, la propia rentabilidad de las granjas. En Vetia Animal Health sabemos que entender cómo se genera el estrés térmico es el primer paso que permite adelantarse a sus efectos y poder mantener a los animales en un estado óptimo de salud y productividad.
Un animal sufre estrés térmico cuando no logra disipar el calor que genera su propio cuerpo y el que recibe del ambiente. Los cerdos sufren de manera especial este problema debido a su limitada capacidad para sudar, por lo que dependen principalmente de mecanismos como la convección, la radiación y la evaporación respiratoria para disipar el exceso de calor. Asimismo, la selección genética orientada a buscar una mayor productividad de estos animales ha aumentado también en un 30% su producción metabólica de calor en las últimas décadas, incrementando su vulnerabilidad.
Las cerdas reproductoras, especialmente durante la lactación, pueden comenzar a experimentar estrés térmico a partir de temperaturas ambientales de 20-22 ºC, dependiendo de factores como la humedad relativa, la ventilación o su estado fisiológico. Como consecuencia, se desencadenan diversas respuestas fisiológicas, entre ellas el aumento de la frecuencia respiratoria, la vasodilatación periférica, el incremento del consumo de agua, la reducción de la ingesta de alimento y una disminución de la producción de leche.
Además, la combinación de calor y humedad elevada no solo agrava el estrés térmico en los animales, sino que también favorece la proliferación y supervivencia de agentes infecciosos.
La prevención se presenta, pues, como la estrategia clave para garantizar la resiliencia de los animales. Desde Vetia queremos poner en valor el concepto de bioseguridad y la importancia de adaptar las instalaciones para garantizar una ventilación adecuada, invertir en sistemas de refrigeración en ganadería intensiva o habilitar sombras y aspersores en ganadería extensiva, entre otras medidas.
El impacto del estrés térmico en las cerdas reproductoras
En el caso del ganado porcino, las cerdas gestantes y lactantes constituyen el grupo más sensible al estrés térmico. Durante los meses cálidos, las consecuencias se traducen en pérdidas productivas directas que afectan a toda la cadena de producción.
Uno de los efectos más inmediatos es la disminución del consumo de pienso. Diversos estudios han demostrado que el consumo voluntario de pienso disminuye progresivamente cuando la temperatura ambiental supera la zona de confort térmico. En cerdas lactantes, esta reducción puede alcanzar entre 150 y 390 gramos diarios por cada grado centígrado adicional por encima de los 25 ºC, agravándose aún más en situaciones de calor intenso. Esta caída en el aporte de nutrientes impacta directamente en la producción láctea, que puede disminuir hasta un 25%, comprometiendo el crecimiento de los lechones y aumentando la mortalidad predestete.
Otra consecuencia es la pérdida de condición corporal durante la lactación. Las cerdas que, tras parir, registran un balance energético negativo presentan mayores dificultades para mostrar celo, un mayor intervalo destete-cubrición y una menor tasa de concepción.
Por otro lado, el estrés por calor provoca también una reducción del flujo sanguíneo hacia el tracto gastrointestinal debido a la vasodilatación periférica. Esto genera hipoxia en los enterocitos y daño en la barrera intestinal, aumentando su permeabilidad.
Estrategias prácticas para mitigar el estrés térmico
Ante este escenario, desde Vetia Animal Health recomendamos un enfoque integral centrado en la prevención que combine manejo ambiental, acceso libre a agua potable, una nutrición adaptada y una correcta gestión tanto del personal como de las instalaciones.
En primer lugar, es vital asegurar una ventilación adecuada, utilizar sistemas de nebulización o aspersores y proporcionar sombra o aislamiento térmico en las naves.
Además, debe garantizarse el acceso de los animales a agua fresca, limpia y en cantidad suficiente.
También es importante evitar movimientos estresantes, como desplazamientos o vacunaciones, en las horas centrales del día, reducir la densidad animal y mantener un protocolo de limpieza exhaustivo en silos y comederos.
En cuanto a la alimentación, una buena estrategia incluye adelantar o retrasar las tomas a las horas más frescas del día, aumentar la frecuencia de alimentación durante la lactación y formular dietas más digestibles con un menor efecto térmico. Asimismo, la suplementación con electrolitos, vitaminas y antioxidantes puede marcar la diferencia a la hora de ayudar a los animales a afrontar situaciones de estrés térmico.
Un buen ejemplo es Galactopro, de Natural Solutions/Vetia, un pienso complementario de alta palatabilidad para cerdas en lactación, formulado para favorecer una adecuada ingesta durante este periodo de elevada exigencia nutricional y apoyar la producción láctea. Su composición ayuda a mantener el aporte nutricional necesario en situaciones de estrés térmico y contribuye a cubrir las necesidades de la cerda lactante.
Lo cierto es que el estrés térmico constituye un desafío con importantes repercusiones productivas, económicas y de bienestar animal. Su impacto hace necesario abordarlo mediante estrategias preventivas basadas en el conocimiento y la evidencia técnica. El impacto del cambio climático, con el aumento de las temperaturas y de los eventos de calor extremo, exige a los ganaderos adoptar un enfoque preventivo basado en una correcta gestión de la nutrición y del manejo ambiental. En Vetia Animal Health entendemos que cada especie y cada fase productiva requieren una atención específica. Garantizar el bienestar de las cerdas es un indicador de una explotación bien gestionada y orientada hacia una producción sostenible y eficiente.