
Inmunidad activa y pasiva: la base de la inmunidad lactogénica
La principal función del sistema inmunitario de los mamíferos es reconocer y diferenciar los componentes propios de aquellos que son extraños al organismo, con el fin de eliminarlos o neutralizarlos, especialmente si se trata de patógenos como virus, bacterias o parásitos.
El sistema inmunitario se divide en dos grandes ramas: el sistema inmune innato y el sistema inmune adquirido o adaptativo. El sistema inmune innato actúa como una primera línea de defensa inmediata. Por su parte, el sistema inmune adaptativo es más específico y su activación requiere más tiempo, pero proporciona una respuesta inmunitaria más duradera y eficaz frente a patógenos previamente reconocidos.
La inmunidad adquirida se desarrolla en respuesta al contacto con sustancias extrañas, generalmente asociados a microorganismos patógenos. Se diferencian dos tipos: la inmunidad activa, en la que el propio organismo genera memoria inmunológica mediante la producción de anticuerpos tras una exposición previa; y la inmunidad pasiva, que consiste en la transferencia directa de anticuerpos, como ocurre a través del calostro materno.
La inmunidad lactogénica en la cerda
En los mamíferos, la inmunidad pasiva desempeña un papel fundamental en las primeras etapas de vida de las crías. En el caso concreto del cerdo, la estructura de su placenta, de tipo epiteliocorial, impide la transferencia de inmunoglobulinas durante la gestación. Como consecuencia, los lechones nacen agammaglobulinémicos, es decir, sin anticuerpos circulantes, y dependen exclusivamente de la inmunidad pasiva transmitida por la madre a través del calostro.
Durante las primeras 24 horas postparto, la alta permeabilidad intestinal del lechón permite la absorción intacta de estos anticuerpos, lo que constituye un periodo crítico para la transferencia de inmunidad. A partir de ese momento, la absorción disminuye y su efecto se limita al nivel intestinal.
De ahí que el calostro y la leche de la madre jueguen un papel clave en la defensa del lechón durante las primeras semanas de vida. Este tipo de protección proporcionada por la madre a través de la leche se denomina inmunidad lactogénica.
El calostro es la primera secreción mamaria de la cerda. Es un alimento muy valioso, rico en nutrientes, y aporta energía para la termorregulación y el crecimiento de los lechones. Contiene leucocitos, neutrófilos y linfocitos, e inmunoglobulinas, además de factores de crecimiento que estimulan la maduración de la barrera intestinal, la absorción de moléculas de gran tamaño, la síntesis de proteínas, y la reparación de la mucosa dañada durante el periodo neonatal y el destete. Todo ello convierte al calostro en un importante protector frente a la diarrea.
La baja ingesta de calostro (menos de 300 g) en lechones es un problema grave que aumenta la mortalidad y las infecciones neonatales. Este problema se ha intensificado por el aumento del tamaño de las camadas debido a la selección genética, lo que prolonga el parto y eleva el número de lechones nacidos muertos o con bajo peso. Estos lechones tienen menos vitalidad y dificultad para alimentarse, aumentando su riesgo de morir por inanición o aplastamiento.
Además, la producción y calidad del calostro dependen de factores como la raza, nutrición, experiencia inmunitaria de la cerda y características de sus glándulas mamarias. Las cerdas primíparas producen calostro de menor calidad y las glándulas mamarias caudales tienden a ofrecer mejores resultados en peso para los lechones.
Inmunización de la cerda: el refuerzo esencial
Para garantizar una inmunidad lactogénica efectiva, es imprescindible que la cerda posea niveles adecuados de anticuerpos frente a los patógenos de interés en el momento del parto. Esto se consigue mediante programas de vacunación específicos durante la gestación. Las vacunas administradas a la cerda gestante estimulan su sistema inmune, lo que se traduce en una mayor concentración de anticuerpos en el calostro y la leche.
En este sentido, vacunar a la cerda no solo protege a la madre, sino que actúa como una herramienta estratégica para transferir inmunidad específica a sus lechones, cubriendo el periodo crítico hasta que el propio sistema inmune del lechón sea funcional y pueda responder eficazmente a desafíos patógenos.
No obstante, para que esta inmunidad pasiva sea realmente efectiva, es fundamental que vaya acompañada de buenas prácticas de manejo. La correcta termorregulación de los lechones, una adecuada alimentación, así como la limpieza y desinfección rigurosa de las instalaciones, son factores clave que actúan en sinergia con la inmunización.
La combinación de una buena inmunidad materna con un entorno sanitario y manejos adecuados garantiza una protección óptima durante las primeras etapas de vida del lechón.
Nuestra solución: una vacuna adaptada a la realidad en granja
Nuestra vacuna frente a Escherichia coli, Clostridium perfringens tipo C y Rotavirus tipo A está diseñada específicamente para estimular una inmunidad sólida en la cerda y, por tanto, una transferencia óptima de anticuerpos a los lechones a través del calostro y la leche. Esta combinación multivalente permite actuar frente a los principales agentes implicados en los procesos entéricos neonatales, uno de los retos sanitarios más comunes y económicamente significativos en las granjas porcinas.
El diseño innovador de nuestra vacuna, Porvaxin Rota+Coli+Clos, tiene en cuenta la realidad epidemiológica del campo y la necesidad de una herramienta fácil de implementar en los programas de manejo productivo de la granja. De este modo, no solo contribuimos a mejorar la sanidad del lechón, sino que también favorecemos el funcionamiento más eficiente de la explotación.